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KAMEN / DE / ANG / ESP
PESEM IZ: KNJIGA TELES, 2010
EL LIBRO DE LAS COSAS / A / Gato / Mingitorio / Chocolate / Me(n)ta / Mondadiente / Sal / Salmones
EL LIBRO DE LOS CUERPOS / * / ** / *** / **** / ***** / ****** / ******* / ******** / ********* / **********
ŠE / ang
PIŠE, POSTAVLJA ZNAKE
KOT V SEKSU

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¿Para quién tocan los ángeles? Son tan escépticos frente a la autorepresentación de los santos,
que contemplan sumergidos en sus culpas y penitencias, en sus caminos hacia Dios, el
supremo autoerótico y exhibicionista. Sólo le alcanza el patrón del temblor de las cuerdas del
laúd y el rasgueo del violín, Job, que luchó con éxito para salvaguardar a la música y a las
musas. Casi tan desnudo como el Dios de Bellini en la Accademia veneciana.
Hayden toca el saxo en el Hotel Europa Regina sin diferencia entre voz y cuerpo. Lo extraño
se vierte desde su boca por las curvas doradas del instrumento, desde lejos traspasa la piel y
los órganos que nacen de los huesos. Brota sin perforar nada, despierta el aire en éxtasis,
boquilla, voz, como si se extasiara y se apostara sobre sí mismo. Teclas. Boquilla. Párpados.
Voz. Teclas. Boca. Voz.
Las calles son tan estrechas que, al encontrarse dos personas, ambas han de respirar a la vez
para poder pasar. Solo el hedor y la voz conservan un control sobre la totalidad. Cansados,
llegamos vagabundeando por tercera vez al mismo campanario. La doblez sin salida. Sin que
se estremezca el cemento, una voz femenina atraviesa los bloques de la pared de ladrillo. Una
melodía solitaria a la que sigue un rasgueo de cuerdas y un despertar de nadie.
Frecuencia con la que oscila el universo. Ahora la capta el contrabajo. Si subiera un poco el
volumen del amplificador, reventarían las membranas del altavoz, igual que se me perforó a
mí la membrana del oído medio derecho al bucear. Unas voces me llamaban hacia una
profundidad mayor. Y allí, en el fondo, yacía una cajita negra, quizás un viejo transistor, un
agujero negro que no transmite nada, un pasaje en el cual todos desaparecen, incluso la
melodía angelical.
Mi momento más terrible fue, cuando, a los tres años, escuché por primera vez la grabación
de mi voz. Me tapé los oídos y me tiré al suelo gritando. Me desmembró como si fuera un
objeto, me volcó desde las entrañas hacia fuera, al mundo. Y todo mundo, muerto de manera
extraña, entró súbito en mí. Ni el vocerío ni taparme los oídos impidieron la agresión de este
vuelco. Dentro de mí sigo escuchando su eco. Teclas. Boca. Voz.

 
© 2008 Aleš Šteger